¿Te dije alguna vez que soy la bella durmiente?
¿Te lo dije?
¿Añadí en mi alegato,
en defensa de mi identidad,
que no soporto el futón japonés
que me compraste?
¿Te dije que ni siquiera soy sonámbula,
que duermo como un lirón,
que hago lo imposible con mi conciencia
para no perder el sueño,
que duermo a pierna suelta,
que jamás he abierto una nevera por la noche?
¿Acaso prefieres ser mi pesadilla?
¿Qué haces poniendo en hora
los treinta despertadores de la casa?
Un beso,
sólo un beso….es suficiente. |
En Hannover hace mucho frío.
El ríoWeser amansa la bruma en sus aguas turbias.
Hice lo posible por seguirte,
apuré el café y corrí tras de ti.
Sabía que tú tendrías la llave
del País de la felicidad,
mi flautista querido.
No me hubiera importado ser oficinista en Hamelín
y que tú siguieras siendo un fantoche musiquero
y vivir entre ratas toda la vida.
Pero me faltaba una pierna
Y creo que hasta algunas neuronas como a ti.
Ay, tú con tu rencor y yo con mi impotencia. |
El País de las Maravillas
estaba totalmente parcelado.
Habían subastado incluso
los terrenos más agrestes.
En una esquina del mapa
la Reina Roja y el Conejo
jugaban al ajedrez.
Más allá, los relojes abandonados
de la mano de Dios
seguían sin pilas alcalinas.
Mientras tanto, Alicia
corría desaforadamente
buscando el Norte,
su Norte en el exilio. |
La Bruja y el Hada Madrina del bosque
se hicieron amigas
en un congreso sobre Parasicología,
allá en Pensilvania.
Se contaron sus secretos más ocultos.
Ambas sabían que no iban a triunfar
en el mundo de los cuentos,
una por defecto y otra por exceso,
pero acordaron quedar una vez al año
para confesarse sus tragedias y sus triunfos,
para intercambiarse sus puntos de vista,
con un té con jazmines de por medio. |
Me robaron las energías,
acabaron con mi moral,
ni un suspiro que exhalar siquiera.
Me desvalijaron incluso
las buenas intenciones,
me quitaron la capacidad de soñar,
terminaron con toda mi paciencia,
aniquilaron hasta mis buenos modales.
Me sentí despojada
del mínimo bien espiritual
con el que presumía de santa.
Todo, todo me lo quitaron.
¡Ay que ver!
¿Y tú también, Ali Babá?
¡Como si yo no tuviera ya bastante
con esos cuarenta ladrones
para que tú me dieras
el último sablazo! |
La besé una
y otra,
y otra vez, mil veces,
pero no había manera.
Definitivamente era una rana.
Cómo podría convertirse en un Príncipe Azul
-ingenua de mí-.
La besaba por la mañana,
por la tarde,
por la noche,
continuamente y a destajo.
Imposible.
Seguía siendo una rana.
Así, en la aceptación más simple
de las cosas sencillas,
acordé irme a v vivir con ella
a un charco cualquiera del planeta.
Vivir con mi rana querida
la poca existencia maravillosa y extraordinaria
que nos pudiera quedar. |
|