EPIGRAFÍA DEL VACÍO
I
Verte los ojos es resolver la vida
en un relámpago de verdad intensa.
No te he habitado aún la piel
pero me crecen madreselvas en los dedos
desde que me has guarecido el alma de peces
que empapan el mar de tu luz.
Ahora te quiero como antes de la única
primavera que engendró cataclismos,
como antes del desierto y de la noche,
con una sutil memoria de nombres
y un palmo de silencio entre las rosas.
No sabes aún de toda la ternura
que muerde mi cuerpo con labios de agua,
ni del deseo de tus palabras que me alumbra
la luna nueva.
Te busco, amor, herida,
con un candil de años inventando este fuego
de sangre y voces vivas en el que retornas.
Ahora sé que existes como un gesto
y me descubro desnuda de olvidos y de lechuzas.
No me ves, pero yo te evoco los ojos
y te bendigo de pan
y multiplico tu corazón en canastos
y en tristes redes de salitre.
Me abrazo a ti como un abril de alondras
y me detengo en el puerto de tus manos.
Ninguna brújula del pasado señala
el rumbo de tu mirada irrepetible
ni los latidos de tu milagro anónimo.
II
Evoco un bar que se llamaba Stop,
El cauce del río y el paseo de marzo,
tu conversación entre cervezas,
turisa de jazmín oscuro,
todo el goce de mi pecho bajo tu cielo,
Valencia mirándonos de reojo,
tu fotografía de verano,
la ausencia larga y la queja,
tus palabras de arcilla limpia,
tu cuello y los coches que se alejaban,
julios absurdos y una carta larga,
los días ciñiéndote como un collar
el desamor y los claveles de vidrio.
Viniste como un haz de lluvia nueva,
me enderezaste los sentidos y el cuerpo,
pasaste de puntillas por mi sueño.
Nada perdura si no te evoco
y la vida es rocío sin invierno.
Evoco tu ropa intacta,
la ironía y tu apetito,
el pensamiento de hojas que deshacías.
Te evoco ciertamente como el norte
o el sur de la pirámide eterna
que alarga siempre tu sombra,
y escucho una guitarra blanca
hirviendo en la alameda de tu corazón.
Al fin y al cabo, evocarte me salva
del abismo de las flores infinitas
y de los aguaceros amargos del silencio.
Te quiero con un ramo tierno
de palabras escogidas entre las lunas
más intensas de abril.
Como una isla
te cantarán las hogueras vivas
que encendiste entre mis rocas.
Intento la elegía o te evoco
caminando aprisa por las afueras
de un destino que huía de estos versos.
III
Esto es enero como un espejo
de poemas y de tarde.
Tu boca, milagro de luna,
enciende el latido de las canciones
y el olor de las azucenas.
Perduras en la golondrina del tiempo
que de nuevo nos devuelve almendros
y nidos de música clara.
La huerta de las preguntas se extiende
entre tu pecho y los surcos
de tu sonrisa mientras vislumbras
un palmo de verdad y lo labras
con sabiduría, despacio y con certeza,
como todo lo que haces y aún te queda.
Subes al olvido como a la azotea
y masticas el dolor y las nubes
antes de irte con las mariposas.
No sabes cómo añoro tu boca
entre la niebla, el frío y los versos.
Esto es enero y yo un espejo
que naufraga en tu ausencia.
IV
No escribir ya tu nombre en los papeles,
ver ocupados tu asiento y la sombra
de mármol que funde tu voz de acero,
no encontrarte en la isla ni en el bosque
de las pasos que se convirtieron en piedra.
Eso es la ausencia y un poco más.
Las obras avanzan a ritmo lento,
pero tú ya no pasas por allí ningún anochecer.
Los ruidos añoran tu huella,
la claridad de tu rostro entre el polvo,
la luz del último septiembre aún.
Todo el camino es el vacío que me acerca
a tu presencia de rosas
intermitentes y a mi cataclismo
de nieve mientras te escucho decir de iure
un mediodía cualquiera que fue el último.
Abrazarte en invierno es utopía
y tu trenka beig sorprende
los pájaros y los árboles que amaste
mientras avanzas con el alma desnuda
por la ciudad que te abriga las horas.
V
Es duro el aprendizaje de este vacío,
tal vez como la sombra de una roca
o como el llanto del río que ya no canta.
Es duro escribir poemas de viento,
imaginar que me hablas o que ríes
en estos días sin sol ni nubes.
Bajo tus palabras, la lluvia
es un duro intento de coincidencia.
Te alejas irremediablemente
como un barco herido a la deriva.
No existe ningún puerto más allá de tu nombre
ni ningún recuerdo que pueda rehacer las lunas,
sólo un denso silencio y el oleaje
de tus huellas generosas.
Es duro que ya no me reconozcas el gesto
y que un abanico de secretos atraviese el aire.
Por ti volaron aquel marzo palomas
y se derritieron mis cejas
en un puñado de bosque y de hogueras.
Te agradezco el amor infinitamente,
y zarpo a tu rostro como a la vida.
VI
Mirarás los grabados de la cruz
cubierta y recordarás la infancia,
el atardecer que te agradecía la luz
y tu mundo que se fundía con el frío.
Nos separamos como casi siempre
entre semáforos de deseo y coches.
Partías así hacia estas líneas
sin saberlo, con la noche en los hombros.
Te espero un día de éstos o siempre.
No sé si vendrás, pero te espero
porque el vacío es una pregunta larga
y una respuesta breve, un espacio frágil
que me habita los huesos y la lluvia.
Volver a verte es resolver el alba
con el color de la vida,
es el sueño de todas las horas
y la claridad de mi pecho de anémonas.
Hay que decir que te invento las cejas
en un azar de nubes y de viento,
como un anhelo antiguo, intenso y largo
hacia el mediodía de tu voz. |
VII
Tú bajabas las escaleras del metro
y el otoño se asomaba en los bolsillos
del crepúsculo cuando la nieve cuajaba
versos y claveles intensos.
De repente ha llegado el frío al refugio
de la encina blanca y hallas
un silencio de barro con el aliento desnudo.
Todo lo que amaste perdura aún
como la infinita quietud de las piedras.
Te evoco la libertad con las manos
llenas de tí y un abismo que nos separa.
Te he conocido el miedo y la ternura,
el irrepetible rumor de los latidos
y la lluvia mordiéndote los labios,
el enigma imaginado de la cintura
y los pies de arena que me acercan
las horas como una epigrafía
de tu piel sobre mi pasado.
Te evoco largamente en la tarde:
tú bajabas las escaleras del metro.
VIII
Te he escrito siete poemas y algún verso
sobre el silencio de estos días cortos
y te he intentado el nombre de algún miedo
mientras las alondras te peinaban
el rostro y las sílabas del vacío.
Grabado en la primavera permanece
el gesto con que llegaste a mi nombre,
la risa del viento de madrugada
que sorprendió nuestra conversación.
Todo es ahora una avenida triste
en la memoria, unos lugares donde te hallo
para inventarte a ratos la espalda.
Te he escrito siete poemas y algún verso
a la sombra del deseo y de la encina.
IX
Callejones de luna rompen la noche
mientras entre tu rostro y yo hay
una tormenta de pájaros imposibles,
una distancia absurda y rápida
que no detiene el amanecer ni el corazón.
Hiedras de mayo distraen el suspiro
del fuego herido de aromas y frío
cuando arraigas en mi pecho el alma
y respondes con los ojos a cada rayo,
a cada impenetrable queja de luz.
Silencios de plomo pisan la aurora
y al sur de tu voz adelfas
el tiempo desgarra el vientre del sol.
No vienes a la casa de las gardenias
ni al papel en blanco que tanto grita.
Sutilmente se ha destrozado el habitáculo
de invierno cubierto de tu nieve.
X
Hiedra que brota del olvido inmenso
y escribe piedras en un bosque de alondras.
Así es el camino del que no regresas
y el tiempo esdrújulo de la palabra
se parece a los besos de agua que esculpe
la soledad de los pájaros a Bagdad.
Para amarte ya no necesito
que este patio que ahora canta el mediodía
arañe la ceniza de los naranjos.
Para amarte, ya no necesito
que me ames ni que dilatas los verdes
del esqueleto absurdo de la luz.
Los gatos de la medina son relojes
que me acercan un sueño de adelfas.
Vives en el equilibrio desnudo de la alma
cuando la angustia detiene las horas
de la libertad sin milagros.
Ahora te puedo hablar de amor y de cartas
que digerían un noviembre oscuro
como el silencio de tu despedida
con las esquinas cubiertas de musgo aún.
Ahora es primavera de sangre y nieve
y esto fue una casida de sombra.
XI
Cercanías de verde y lluvia,
chubascos que desembocan a tu rostro
y una infinito reloj de aire
que refleja el azar en tu pecho.
Tu silencio es una avenida
de gatos perdidos y somnolientos,
un puente entre la ausencia y el ocaso,
quizá una sílaba de otoño
y muchos octubres que se escriben treinta.
No quisiste coincidir con la ventana
de las flores que sostenía el esqueleto
de carne y la angina de soledad
que engendraron el tiempo y los párpados.
Únicamente te declaro un amor,
una quietud de piedra y de signos,
las células vacías de tu aliento
y un cataclismo de la memoria.
No supiste de mi esperanza
ni de las frutas de junio.
Te marchaste........Te marchaste
con regaliz y dudas
en las comisuras de la memoria.
Te evoco hoy sin decir tu nombre
mientras este tren de lunas y epitelios,
súbitamente, invierte el trayecto.
XII
No formulo ningún deseo ni me atrae
el misterio de tus dientes,
más bien invoco un gesto
o un alfabeto de agua que cincele
tu cintura y el bosque.
No detengo el silencio que grita
como una lanza de azul sobre los pétalos
de tu tempestad infinita.
No soy la voz que abandona el poema
ni el geranio fresco de tu frente,
ni tan siquiera la sombra de tus gatos de humo
que arañan el calendario de los vuelos.
No digo las razones ni los motivos,
siempre me equivoco de amor y día,
tristemente llega el primero frío
cuando la noche es un viaje fugaz
al sur de las canciones y de la lluvia.
No espero la queja de las trompetas
ni la queja de los violines al anochecer,
no persisto en la búsqueda de tus manos
porque te quiero libre y completamente,
océano de mis dedos, barco de vidrio,
arena oscura de las palabras.
MARISOL GONZÁLEZ FELIP
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