JESÚS JAVIER LÁZARO 
... el poeta
Reportaje del recital ofrecido en la Sala Trovador, en Madrid, el 16 de septiembre de 2006
 
 

          A Jesús Javier siempre lo he visto como “El hombre tranquilo”, aunque no se parezca en nada a John Wayne y en vez de ser irlandés haya nacido en la Puebla de Montalbán, que tampoco en moco de pavo, todo sea dicho. 
         Pero sé que detrás de ese sosiego, tal vez prudencia, tal vez timidez, hay una tormenta de sensaciones, una marejada de afectos, un bullir de ideas y proyectos, una verdadera fuerza interior que en nada quiere salir a fuerza de puñetazos como en la película de John Ford. 
         A veces es tan discreto que cuesta verle. Siempre lamento mi despiste tras una conferencia o un recital: “¿Dónde diablos se ha metido Lázaro, que le he visto y no le he visto? Y ya no está, o saluda afable y desaparece. Lo lamento porque su conversación alcanza los mismos niveles de su poesía: Emoción, intensidad, intimidad, sosiego, belleza... 
          Leyéndole, es fácil imaginarle sentado en su escritorio chino, rodeado de cosas que le resultan hermosas —¡ambientándose, vamos!—, mezclando tinta verde y azul en su estilográfica, desconectándose de todo y viajando por los caminos más gratos del pensamiento, por los vericuetos de la contemplación, por las trochas de lo inefable. A lo suyo, reflexivo y discreto, potente en la idea y suave en el rasgo, viajero en el papel como lo es en la vida, fascinado por todo paisaje y, más aún por los íntimos paisajes interiores. 
          Es fácil imaginarle siguiendo los pasos de sus poetas míticos: Jiménez, Machado, Valente; ajeno al bullicio que desde la Plaza de Santa Ana, de Madrid, llega hasta sus balcones; terminando ese poema que dice no saber nunca cómo acabará. 
          A este hijo, nieto y biznieto de relojeros, le llegó la hora de la poesía cuando leyó al poeta de Moguer, y no paró desde entonces. Ni quiso ser relojero; ni ingeniero de montes, que es lo que estudiaba; ni publicitario que también estudió, ni nada de nada. Como mucho, hombre de teatro que también estudió y que sí que ejerce. Pero con Juan Ramón, había despertado el poeta que siempre fue, desde que hiciera sus correrías como un Tom Sawyer español del Tajo o sus pinitos ecológicos para salvar a las cigüeñas de Toledo. En el fondo ni siquiera quería ser poeta, quería ser Juan Ramón Jiménez. 
          Consiguió ser Jesús Javier Lázaro. ¡Y eso es mucho y suficiente! 
          Desde aquella “Canción para una amazona dormida” con la que se llevó de calle el Adonais de 1991, ha publicado poco pero ha escrito mucho, intensa, apasionadamente. Ni sabe ni quiere hacerlo de otro modo. Ha escrito sabiendo que el valor de las palabras es enorme, misterioso, imprescindible; empeñado en la búsqueda de la belleza —uno de los empeños más honrados de un artista—, sabiendo que lo importante es poner el corazón en cada verso, en cada idea, en cada poema, y que por mucho que pongas no se acabará nunca; es más: cuanto más corazón pongas más te quedará. Ya lo creo que lo sabe. JJ (me consiente condescendiente que lo llame así) lo sabe perfectamente. 
          Lo que tal vez no sepa el hombre tranquilo pero constante que es Lázaro, es que su generosidad la percibimos todos cuando escribe, que la grandeza de su espíritu siempre aparece en sus páginas. Lo que tal vez no imagine es que no puede huir, aunque le guste mimetizarse con el paisaje, de esa condición de poeta mágico y emocional, de hombre que hace que su palabra sea nuestra porque es profundamente suya. 



El texto de presentación el de Enrique Gracia