A Jesús Javier siempre lo he visto como “El hombre tranquilo”, aunque
no se parezca en nada a John Wayne y en vez de ser irlandés haya
nacido en la Puebla de Montalbán, que tampoco en moco de pavo, todo
sea dicho.
Pero sé que detrás de ese sosiego, tal vez prudencia, tal
vez timidez, hay una tormenta de sensaciones, una marejada de afectos,
un bullir de ideas y proyectos, una verdadera fuerza interior que en nada
quiere salir a fuerza de puñetazos como en la película de
John Ford.
A veces es tan discreto que cuesta verle. Siempre lamento mi despiste tras
una conferencia o un recital: “¿Dónde diablos se ha metido
Lázaro, que le he visto y no le he visto? Y ya no está, o
saluda afable y desaparece. Lo lamento porque su conversación alcanza
los mismos niveles de su poesía: Emoción, intensidad, intimidad,
sosiego, belleza...
Leyéndole, es fácil imaginarle sentado en su escritorio chino,
rodeado de cosas que le resultan hermosas —¡ambientándose,
vamos!—, mezclando tinta verde y azul en su estilográfica, desconectándose
de todo y viajando por los caminos más gratos del pensamiento, por
los vericuetos de la contemplación, por las trochas de lo inefable.
A lo suyo, reflexivo y discreto, potente en la idea y suave en el rasgo,
viajero en el papel como lo es en la vida, fascinado por todo paisaje y,
más aún por los íntimos paisajes interiores.
Es fácil imaginarle siguiendo los pasos de sus poetas míticos:
Jiménez, Machado, Valente; ajeno al bullicio que desde la Plaza
de Santa Ana, de Madrid, llega hasta sus balcones; terminando ese poema
que dice no saber nunca cómo acabará.
A este hijo, nieto y biznieto de relojeros, le llegó la hora de
la poesía cuando leyó al poeta de Moguer, y no paró
desde entonces. Ni quiso ser relojero; ni ingeniero de montes, que es lo
que estudiaba; ni publicitario que también estudió, ni nada
de nada. Como mucho, hombre de teatro que también estudió
y que sí que ejerce. Pero con Juan Ramón, había despertado
el poeta que siempre fue, desde que hiciera sus correrías como un
Tom Sawyer español del Tajo o sus pinitos ecológicos para
salvar a las cigüeñas de Toledo. En el fondo ni siquiera quería
ser poeta, quería ser Juan Ramón Jiménez.
Consiguió ser Jesús Javier Lázaro. ¡Y eso es
mucho y suficiente!
Desde aquella “Canción para una amazona dormida” con la que se llevó
de calle el Adonais de 1991, ha publicado poco pero ha escrito mucho, intensa,
apasionadamente. Ni sabe ni quiere hacerlo de otro modo. Ha escrito sabiendo
que el valor de las palabras es enorme, misterioso, imprescindible; empeñado
en la búsqueda de la belleza —uno de los empeños más
honrados de un artista—, sabiendo que lo importante es poner el corazón
en cada verso, en cada idea, en cada poema, y que por mucho que pongas
no se acabará nunca; es más: cuanto más corazón
pongas más te quedará. Ya lo creo que lo sabe. JJ (me consiente
condescendiente que lo llame así) lo sabe perfectamente.
Lo que tal vez no sepa el hombre tranquilo pero constante que es Lázaro,
es que su generosidad la percibimos todos cuando escribe, que la grandeza
de su espíritu siempre aparece en sus páginas. Lo que tal
vez no imagine es que no puede huir, aunque le guste mimetizarse con el
paisaje, de esa condición de poeta mágico y emocional, de
hombre que hace que su palabra sea nuestra porque es profundamente suya.
El texto de
presentación el de Enrique Gracia
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