ENRIQUE VALLE 
... el poeta
 
 
RAÍCES 
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          La noche del camaleón no era una noche como la de los demás inculpados. El camaleón se sentaba en equilibrio sobre un taburete apoyado en la esquina más color sepia de tabernas que sólo pueden existir en los sueños con aire de pesadilla. Desde su posición, admiraba el conjunto entornando los ojos, y se volvía amarillo, amarillo, amarillo... A veces, lagrimeaba un poco y hubiérase dicho que se encontraba como triste. Resultaba acurrucado y prácticamente estático, si no fuera porque de eternidad en eternidad se pimplaba un vaso de alcohol oscuro que era reemplazado casi de inmediato por otro lleno. Los taberneros del mundo del delirio conocen bien su oficio y las tendencias de los clientes según su jeta.
          Los espacios donde el camaleón se hacía visible solían estar adornados con carteles de toros entre marrones y momificados que tapaban desconchones con olor a meados y ladrillos desnudos repletos de minúsculas historias para niños aburridos. En el conjunto, eran legión las rayaduras en cualquier objeto que pudiera verse o adivinarse: mesas, asientos, barra, paredes, techo, vasos, espejos, tabernero, clientes y cucarachas. Incluso el humo del tabaco, único componente del aire en esos interiores, parecía querer estar arañado y, además, disfrutar con ello. En tales lugares, es raro ver entrar a nadie con la dentadura completa.
          En general, la vida del camaleón era así, salvo en alguna ocasión en que se despertaba durante el día para echar un bocado; aunque de forma muy esporádica, el camaleón también tenía que comer. Lo cierto es que sus movimientos se reducían a lo justito y, a veces, ni eso. Cuando iba desde su nido a los antros, lo hacía a una velocidad inapreciable, confundiéndose con las arquitecturas. Y al volver, lo mismo; hacía funcionar sus músculos al compás del silencio. Por eso jamás consiguió detenerle la policía. Aunque la gran pregunta es qué podía tener la policía contra él, si nunca dispuso de la capacidad de movimiento suficiente como para cometer un delito. Quizás algún día un escritor desvele ese misterio.
          Pero aquella noche no fue como las demás.
          Es bien sabido que, desde la catástrofe planetaria a causa de la fuga de energías malvadas, ningún insecto había vuelto a caer jamás en ningún líquido. Los científicos, sin tener ni idea, elaboraron una hipótesis que, como siempre, sólo buscaba salvarles las espaldas en su calidad de sabiondos:  “una mutación (¡cómo no!) inter-especies había desarrollado en los insectos un rechazo insalvable hacia la humedad”. ¿Y por qué ningún “ignorante profano” les advirtió de que, a pesar de semejante disparate, aún existían insectos acuáticos? Ése es otro misterio para poner en manos de otro escritor. El caso es que era cierto que, aparte de los insectos acuáticos, ningún otro insecto había vuelto a caer en un líquido.
          Aquella noche el camaleón estaba triste, muy triste; y esta vez era de verdad, y sin lágrimas. Durante el trayecto inmenso en que ocupaba su tiempo de oscuridades, sucedió algo asombroso. Una de las infinitas moscas que compartían atmósfera solidificada con el resto de bichos allí presentes dio en caer en el vaso del camaleón, mientras éste esperaba uno de esos momentos mágicos en que le daba por beber. Tal y como sucedieron las cosas, es dificil entender la simultaneidad de las acciones y demás. Él contempló el suceso desde la rendija de sus ojos. Su cerebro adquirió una condición superior a la estupefacción. Los músculos se convirtieron en un objeto extraño, tenso y elástico a la vez. La sangre inundó su cabeza. Un resorte hizo que se le abriera la boca como un cepo. Otro resorte disparó, desenrollándola, la lengua; una lengua enorme, kilométrica, que el camaleón nunca sospechó poseer. Con la punta, embadurnó literalmente de pegamento a la mosca que pataleba desesperada en la bebida. El mismo resorte que había desenrollado la lengua volvió a enrollarla, con la mosca metida en el interior de aquel extraño muelle. La mosca se deslizó hacia el estómago del camaleón y él notó que así ocurría. Y todo esto de un solo golpe; no paso a paso, que es la única forma de contarlo.
          Después del increíble momento, el camaleón perdió la noción de las cosas durante un buen rato. Al recobrarse, le sacudió primero un asfixiante sentimiento de culpa y luego una tristeza infinita. Y es que él, a pesar de odiar a los suyos, sentía un enorme aprecio por la vida de los animales. Saber que había sido capaz de comerse una mosca no le producía ninguna repugnancia, pero sí un amargo remordimiento por haberle arrebatado la vida a un ser inocente. Poco le importó ser detenido poco después, tras el aviso del tabernero al Departamento de Interés Científico, cosa inevitable ante un hecho de tal magnitud, por mucho que, tanto el tabernero como el resto de clientes, no fueran muy amigos de comunicarse con la autoridades. Llegaron en seguida unos tipos vestidos con plásticos blancos y se llevaron al camaleón, a quien le daba igual lo que pudieran hacer con él a partir de ese momento.
           La noticia recorrió el mundo. Los científicos dijeron que “debido a un restablecimiento en la humedad atmosférica, la capacidad de resistencia de los insectos se está invirtiento y sus mutaciones empiezan a recular”. Con respecto al camaleón, “parecía ser que, durante el proceso evolutivo de los seres inteligentes, algún antepasado de este individuo se emparentó con especies extinguidas que se alimentaban de insectos”. Y se quedaron tan anchos.