RAÍCES
.
.
La noche del camaleón no era una noche como la de los demás
inculpados. El camaleón se sentaba en equilibrio sobre un taburete
apoyado en la esquina más color sepia de tabernas que sólo
pueden existir en los sueños con aire de pesadilla. Desde su posición,
admiraba el conjunto entornando los ojos, y se volvía amarillo,
amarillo, amarillo... A veces, lagrimeaba un poco y hubiérase dicho
que se encontraba como triste. Resultaba acurrucado y prácticamente
estático, si no fuera porque de eternidad en eternidad se pimplaba
un vaso de alcohol oscuro que era reemplazado casi de inmediato por otro
lleno. Los taberneros del mundo del delirio conocen bien su oficio y las
tendencias de los clientes según su jeta.
Los espacios donde el camaleón se hacía visible solían
estar adornados con carteles de toros entre marrones y momificados que
tapaban desconchones con olor a meados y ladrillos desnudos repletos de
minúsculas historias para niños aburridos. En el conjunto,
eran legión las rayaduras en cualquier objeto que pudiera verse
o adivinarse: mesas, asientos, barra, paredes, techo, vasos, espejos, tabernero,
clientes y cucarachas. Incluso el humo del tabaco, único componente
del aire en esos interiores, parecía querer estar arañado
y, además, disfrutar con ello. En tales lugares, es raro ver entrar
a nadie con la dentadura completa.
En general, la vida del camaleón era así, salvo en alguna
ocasión en que se despertaba durante el día para echar un
bocado; aunque de forma muy esporádica, el camaleón también
tenía que comer. Lo cierto es que sus movimientos se reducían
a lo justito y, a veces, ni eso. Cuando iba desde su nido a los antros,
lo hacía a una velocidad inapreciable, confundiéndose con
las arquitecturas. Y al volver, lo mismo; hacía funcionar sus músculos
al compás del silencio. Por eso jamás consiguió detenerle
la policía. Aunque la gran pregunta es qué podía tener
la policía contra él, si nunca dispuso de la capacidad de
movimiento suficiente como para cometer un delito. Quizás algún
día un escritor desvele ese misterio.
Pero aquella noche no fue como las demás.
Es bien sabido que, desde la catástrofe planetaria a causa de la
fuga de energías malvadas, ningún insecto había vuelto
a caer jamás en ningún líquido. Los científicos,
sin tener ni idea, elaboraron una hipótesis que, como siempre, sólo
buscaba salvarles las espaldas en su calidad de sabiondos: “una mutación
(¡cómo no!) inter-especies había desarrollado en los
insectos un rechazo insalvable hacia la humedad”. ¿Y por qué
ningún “ignorante profano” les advirtió de que, a pesar de
semejante disparate, aún existían insectos acuáticos?
Ése es otro misterio para poner en manos de otro escritor. El caso
es que era cierto que, aparte de los insectos acuáticos, ningún
otro insecto había vuelto a caer en un líquido.
Aquella noche el camaleón estaba triste, muy triste; y esta vez
era de verdad, y sin lágrimas. Durante el trayecto inmenso en que
ocupaba su tiempo de oscuridades, sucedió algo asombroso. Una de
las infinitas moscas que compartían atmósfera solidificada
con el resto de bichos allí presentes dio en caer en el vaso del
camaleón, mientras éste esperaba uno de esos momentos mágicos
en que le daba por beber. Tal y como sucedieron las cosas, es dificil entender
la simultaneidad de las acciones y demás. Él contempló
el suceso desde la rendija de sus ojos. Su cerebro adquirió una
condición superior a la estupefacción. Los músculos
se convirtieron en un objeto extraño, tenso y elástico a
la vez. La sangre inundó su cabeza. Un resorte hizo que se le abriera
la boca como un cepo. Otro resorte disparó, desenrollándola,
la lengua; una lengua enorme, kilométrica, que el camaleón
nunca sospechó poseer. Con la punta, embadurnó literalmente
de pegamento a la mosca que pataleba desesperada en la bebida. El mismo
resorte que había desenrollado la lengua volvió a enrollarla,
con la mosca metida en el interior de aquel extraño muelle. La mosca
se deslizó hacia el estómago del camaleón y él
notó que así ocurría. Y todo esto de un solo golpe;
no paso a paso, que es la única forma de contarlo.
Después del increíble momento, el camaleón perdió
la noción de las cosas durante un buen rato. Al recobrarse, le sacudió
primero un asfixiante sentimiento de culpa y luego una tristeza infinita.
Y es que él, a pesar de odiar a los suyos, sentía un enorme
aprecio por la vida de los animales. Saber que había sido capaz
de comerse una mosca no le producía ninguna repugnancia, pero sí
un amargo remordimiento por haberle arrebatado la vida a un ser inocente.
Poco le importó ser detenido poco después, tras el aviso
del tabernero al Departamento de Interés Científico, cosa
inevitable ante un hecho de tal magnitud, por mucho que, tanto el tabernero
como el resto de clientes, no fueran muy amigos de comunicarse con la autoridades.
Llegaron en seguida unos tipos vestidos con plásticos blancos y
se llevaron al camaleón, a quien le daba igual lo que pudieran hacer
con él a partir de ese momento.
La noticia recorrió el mundo. Los científicos dijeron que
“debido a un restablecimiento en la humedad atmosférica, la capacidad
de resistencia de los insectos se está invirtiento y sus mutaciones
empiezan a recular”. Con respecto al camaleón, “parecía ser
que, durante el proceso evolutivo de los seres inteligentes, algún
antepasado de este individuo se emparentó con especies extinguidas
que se alimentaban de insectos”. Y se quedaron tan anchos.
|