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Se levantaba por la mañana temprano, después de un sueño
que no puede explicarse muy bien, y se dirigía al lavabo. Era muy
gordo, como es costumbre esculpir a los budas en occidente, por lo que
las noches le resultaban harto sudorosas e interminables. Al mirarse en
el espejo sacaba la lengua y comprobaba el estado de suciedad de la misma,
símbolo inequívoco de que el estómago iba haciéndose
arenisca, se oprimía las ojeras, ensayaba la sonrisa de ese día,
se cepillaba los dientecillos y terminaba con el consabido afeitado de
cráneo. Contra lo que pueda creerse, el desayuno era copioso y nada
vegetariano: un vaso de chocolate caliente para abrir boca, tres huevos
con abundante azúcar, dos lechoncillos, varios plátanos,
medio jamón de búfalo asado, cinco o seis hígados
de cordero y cerca de medio litro de leche de mujer. Claro que hay que
tener en cuenta que el resto del día no le era permitido comer nada,
en parte por el mal efecto que causaría la idea de un buda interrumpiendo
su quietud para entregarse a la ilusión, en parte por el hecho de
ser de piedra. Ya comido y bebido, se dirigía a la hornacina del
cuarto de estar, donde después de trepar trabajosamente, se sentaba
en la forma usual, piernas cruzadas, apoyando ambos empeines en los muslos,
espalda bien erguida, brazos doblados en perfectos ángulos rectos,
con el dorso de las falanges de cada mano enfrentado y tocándose,
juntas las puntas de los pulgares sin formar montaña ni sima, respiración
completa y principalmente ventral, concentrándose sobretodo en la
espiración... Así se pasaba el día, y después
de tanto tiempo haciendo siempre lo mismo, llegó un momento en que
la capa de barniz se resquebrajó y empezó a salírsele
la espesa arcilla de su barriga por las grietas, de modo que se veía
grotesco y monstruoso, y su humor cada vez se hizo más sombrío.
Harto ya de repetir la monserga de dormir mal, procurando que los humanos
no le echasen en falta durante la noche, cuando la hornacina permanecía
vacía y gastando incienso en balde, y despertarse antes que nadie
para cumplir con su misión de imagen venerada, continuamente inmóvil,
hasta el punto de tener la columna mineral con las vertébras amenazando
ruina y, a pesar de ello, disimulando el terrible dolor con la más
estática mueca que pudiera esculpirse, se decidió un día
a intentar iluminar de verdad a quien de vez en cuando le sacaba brillo
a la calva. De modo que habló su espíritu y se metió
en la conciencia de aquel que creía su devoto.
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