ENRIQUE VALLE 
... el poeta
 
 
SATORI 
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          Se levantaba por la mañana temprano, después de un sueño que no puede explicarse muy bien, y se dirigía al lavabo. Era muy gordo, como es costumbre esculpir a los budas en occidente, por lo que las noches le resultaban harto sudorosas e interminables. Al mirarse en el espejo sacaba la lengua y comprobaba el estado de suciedad de la misma, símbolo inequívoco de que el estómago iba haciéndose arenisca, se oprimía las ojeras, ensayaba la sonrisa de ese día, se cepillaba los dientecillos y terminaba con el consabido afeitado de cráneo. Contra lo que pueda creerse, el desayuno era copioso y nada vegetariano: un vaso de chocolate caliente para abrir boca, tres huevos con abundante azúcar, dos lechoncillos, varios plátanos, medio jamón de búfalo asado, cinco o seis hígados de cordero y cerca de medio litro de leche de mujer. Claro que hay que tener en cuenta que el resto del día no le era permitido comer nada, en parte por el mal efecto que causaría la idea de un buda interrumpiendo su quietud para entregarse a la ilusión, en parte por el hecho de ser de piedra. Ya comido y bebido, se dirigía a la hornacina del cuarto de estar, donde después de trepar trabajosamente, se sentaba en la forma usual, piernas cruzadas, apoyando ambos empeines en los muslos, espalda bien erguida, brazos doblados en perfectos ángulos rectos, con el dorso de las falanges de cada mano enfrentado y tocándose, juntas las puntas de los pulgares sin formar montaña ni sima, respiración completa y principalmente ventral, concentrándose sobretodo en la espiración... Así se pasaba el día, y después de tanto tiempo haciendo siempre lo mismo, llegó un momento en que la capa de barniz se resquebrajó y empezó a salírsele la espesa arcilla de su barriga por las grietas, de modo que se veía grotesco y monstruoso, y su humor cada vez se hizo más sombrío. Harto ya de repetir la monserga de dormir mal, procurando que los humanos no le echasen en falta durante la noche, cuando la hornacina permanecía vacía y gastando incienso en balde, y despertarse antes que nadie para cumplir con su misión de imagen venerada, continuamente inmóvil, hasta el punto de tener la columna mineral con las vertébras amenazando ruina y, a pesar de ello, disimulando el terrible dolor con la más estática mueca que pudiera esculpirse, se decidió un día a intentar iluminar de verdad a quien de vez en cuando le sacaba brillo a la calva. De modo que habló su espíritu y se metió en la conciencia de aquel que creía su devoto.
          Por eso lo he echado a la calle. Aquí tenía pan y cobijo, pero un pacto es un pacto. Él adornaba mi casa a cambio de un techo, siempre y cuando no se metiera en mis asuntos. Así se lo dije el día que vino en un paquete certificado desde la Universidad de California, porque a pesar de su aspecto de estatua nunca debe uno fiarse de los mitos. Son maya. Ilusión. Peor para él.