ENRIQUE VALLE 
... el poeta
 
 
TIEMPO GLORIOSO 
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          Había un sótano donde se practicaba el andergraun. Se ponían velas y bombillas a pelo por aquello del desastre, y se bebía de todo lo extremo para ver los ladrillos crudos de las paredes en color compromiso. También se tragaba alucinógeno a pasos agigantados, aunque la anfetamina parecía ganar la disputa, y nunca faltarían unos bongos y una guitarra ritmando toda subversión en las sombras. Siempre surgía una primera sin jersey que demostraba lo pechos que eran sus ideas libertarias, ante la mentirosa indiferencia de los adormilados con o sin barba. De vez en cuando susurraba lo 'pink floid' o lo más dantesco o lo mejor emocionado en el tocadiscos con bajorrelieves de antiguas y abundantes vomitonas, y los cuerpos eran iguales a humillos de incienso que presentaban caderas como principio de interminable ondulación en balada dulcísima. Los rincones servían, por la propia naturaleza de las cosas, para fusiones de mucho sobo y grande confraternización, preludio de besos como guerras y penetraciones hasta el alma. Cuando tocaba hablar, se resaltaba la corrupción de la primavera, y la prisión de los últimos, y filmes que se rodaron en países secretos donde los libros de Henry Miller podían adquirirse en las librerías, y el proyecto de sabotaje por parte del más hierático (al que amaban todas nuestras chicas malditasea), y Allen Ginsberg nos visitaba en alfombra voladora con sonrisa de padrazo, aullándonos como debe ser hasta que se nos pasaba el efecto. Algunos, los menos, se quedaban dormidos y se lo perdían todo, pero luego fueron quienes más y mejor vivieron, o eso decían. No faltó quien, asolado por su propia lucidez, hizo una mueca grisácea, llamó despacito por teléfono, y muy conscientemente se suicidó.