ENRIQUE VALLE 
... el poeta
 
 
POR COJONES 
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          Se apresuran hombres y máquinas ante la agresión del invierno, cada uno a lo suyo, como es costumbre, sin pensar en fríos ajenos o calores diferentes. La ciudad se vuelve afilada, llena de aristas; las piernas que nos satirizaban desaparecen de la vista, como si se hubieran muerto para siempre; el cielo descubre su verdadero rostro. En los autobuses las gentes comparten refugio de doble uso, y a veces enfrentamientos esclarecedores que, sin tener razón de ser, manifiestan el estado de civilización en que se encuentra una determinada y orgullosa especie.
          Se encontraba instalado en los asientos de atrás un fulano de ésos que, aparte de malcarados, no tienen un pelo de tontos. Al parecer, no sólo le gustaba permanecer absorto, sino que además estaba en pleno resfriado, por lo que su cara de pocos amigos era evidente, y hasta el momento había mantenido al resto del pasaje a prudente distancia. Pero he aquí que un jovenzuelo con indudable estupidez a pleno rendimiento, dio en sentarse muy cerca del tiburón, mientras unos diminutos auriculares de música portatil taponaban las orejas al imbécil, que para colmo abrió la ventanilla. Hay que advertir que la temperatura del exterior rondaba los tres grados, por lo que la explicación de un posible calor en el pellejo del joven sólo podía responder a ese ridículo afán por parecer de acero que tienen las almas primitivas.
          - ¡Eh, chaval! ¡Cierra eso!
          Ni caso.
          Más fuerte.
          - ¡¡¡Que cierres la ventana!!!
          Nada.
          Se levantó el duro, y arrancando un auricular con muy mala leche, chilló al oído del chulito:
          - ¡¡¡Que no te hagas el tonto!!! ¿Vas a cerrar la ventanilla de una vez? -y no sacaba la mano derecha del bolsillo del abrigo.
          -Pero ¿qué pasa, gilipollas? ¿De qué vas que casi me rompes los gualman? No me sale de los huevos cerrar, ¿pasa algo?
          En esto que el de la mala cara saca por fin la mano del bolsillo, y en ella una Magnum de ésas que nunca imaginó uno llegar a ver fuera del cine. Ni Dios sabría explicar cómo era posible llevar ese armatoste en el abrigo sin que se notara. Muy tranquilo, apoya el cañón en la sien del muchacho, y recalcando cada sílaba, susurra:
          - Que-ci-e-rres-te-di-go.
          Lo que son las cosas. Cualquier persona medianamente inteligente hubiese lamido el suelo, si se lo argumentan con semejante poderío, pero los mequetrefes que quisieran ser gallos no saben cuando han perdido.
          - Y yo te digo que-no-me-sa-le-de-los-co-jo-nes. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a matarme?
          - ¡Nooo! Sólo esto.
          Y entonces dejó de apuntar a la cabeza para dirigir su amenaza, con un movimiento como de latigazo, hacia la rodilla, y allí disparó el trueno, con gran salpicadura.
         - Que te sirva de escarmiento... Y ahora me bajo, porque enseguida estarán aquí los "monos", y no quiero que me estropeen el negocio de mañana.
          Por supuesto, el conductor abrió las puertas, y el héroe se largó a la carrera, entre los aplausos del respetable. Al imberbe le colgaba la pierna izquierda de un hilillo pastoso, y daba alaridos como un cerdo:
         - ¡Ay, ay! ¡Cojo para toda la vida! ¡Ay, ay, ay!
         Ya no escuchaba música.