ENRIQUE VALLE 
... el poeta
 
 
COMO EL CANDO DE UN DURO

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vine a nacer sin muchas ganas
con la cárcel como país
y el cuartel como ciudad
me hicieron crecer entre los pálidos
y pálidos fuimos quienes abríamos nuestro almanaque
entrándonos con sangre la letra
aprendiendo a rezar por legislación
desfilados hasta en el desayuno
sin más sexo que el espejo
siempre arrepentidos
siempre comulgando raza

la libertad estaba entre paréntesis
un paréntesis imprevisible como la tristeza
y los niños queríamos ser Jon Vaine
y las niñas queríamos ser Grace Quelli
y los niños y las niñas nos visitábamos
a través de la espesa frontera de un dividido colegio
con las flores a María por lecho conyugal
y guiños de fin de curso
fin de curso que no llegaba nunca
entre tanto Cid Campeador
y tanta Católica Isabel
con los descubrimientos de América como churros
para el antichocolate de exámenes o pena de muerte

entonces
venían las madres a darnos la merienda
y nos abrazaban a cada momento
pero también callaban
sin saber porqué había que callarse
y callarnos todos bien callados

mis ojos de lunes
abiertos hasta sangrar
con avidez de espirales
continuamente luchaban contra la arena de los miedos
sorprendiéndose de lo brusco
ocultando la desprestigiada tendencia a la ternura
y hechos una espera de las que nunca se perdonan
era bueno no parecer sentimental
pero tener un comedor y un tebeo a mano
y menos mal a eso

siete años y malas lágrimas
ocho años y envidia
nueve años y domingos
diez años y un poquitín de algo mayor

doce años    doce mil recuerdos
excursiones para intentar tocar una cintura
excursiones con tabaco como desafío
y poder hablarle groseramente al campo
hombrecitos y mujercitas con la boca en avanzadilla
ante las pequeñas camisetas con ombligo y medios pechos
y los bigotillos evanescentes o las erecciones indisciplinadas
doce mil confesiones
con el viejo cura del exceso de saliva
y los espasmos rítmicos en el confesonario
-qué estaría haciendo ese drácula-
cuando equivocábamos los pecadísimos
de fumar
de consentir pensamientos
de decir palabrotas
doce mil veces doce años
y después trece
y luego catorce
temiéndome ya lo peor
pero intentando mantener alguna fe inextirpable

tenía yo un conjuro entre las manos
lo usaría
haría con él que se desbocaran las verdades
enseñaría al mundo la despampanación de los pámpanos
con una cierta alegría de sombra
y la intención de rebelarme con cuidado
para amar sin ser descolorido
porque aún no olisqueaba el sudor de la muerte
me embadurné de fraternidad
y de ansia insalubre
aceleré
vértigo
años como siglos
en el cerebro encharcado de prisas

mientras
los alaridos prometían leches y mieles
las armas estaban mal vistas
los dólares peligraban por indiferencia
las guerrillas se disfrazaban de amanecer
los libros se compraban en silencio
y la música
...
ah la música

germinaban electrones entre los sonidos
abriéronse las flores que tan poco habían de durar
pelos largos como sauces
y colores    muchos colores
en las ropas    en las caras    en los días como
paraísos al máximo
abrazo universal
-claramente pretencioso-
que respondía a la necesidad de estar vivos de una vez
hermosísimo abrazo para sentirse verdaderos
invadidos de drogas verdaderas
de inocencias verdaderas
de verdadera subversión
que casi descalabra a las gentes con dentadura de platino
hasta que fuimos ingeridos por ellas
y por sus cotizaciones y su cocacola
o tal vez por la realidad omnívora
tan molesta como un diluvio

estuve en esos campos
y los vi agostarse
ante mi espléndida amargura
con las llagas de mis pies anestesiadas
por el lodo almibarado de cualquier futuro
pero cualquier futuro carcomido hasta el hueso
y en el poder no hubo más imaginación que la moneda

yo ya había invitado
a Sade    a Lautréamont    a Rimbaud    a Baudelaire   a Ginsberg    a Lovecraft    a Henry Miller    a Beckett    a Bukowski
a la impaciencia que los trajo al mundo
a mujeres como jardines botánicos
a hombres como precipicios
yo había descansado a menudo
en las anfetaminas    el jachís    el ácido lisérgico    la pentazocina
y también
en el vino tinto    la ginebra    el coñá    el guyski bilingüe    y los malditos licores dulces
tuve a bien amar al mundo entero
como melifluo cantarín parroquial
y charlar muchísimo sobre la injusticia
o incluso luchar un poquito desde la trinchera de algún perro viejo

y vi orillada de disimulo
la simpática trampilla del infierno
la abrí    estuve con Satán
conocí la tiniebla más tiniebla de las tinieblas
y el fuego más lascivo
en casi todas las calderas condenadas
y
hasta el rumor del pecado puro
no fue más que un graznido en medio del tiempo

nada de nada
ni dios ni el diablo son divertidos
ni el arpa ni el cuchillo te acercan
a la evidencia
a la evidencia de vivir
a la evidencia de vivir sin más
vivir es estar vivo
vivir es
Vivir

fuera el tiempo
fuera el respeto y la palabra y la salud
que caigan las más esclarecedoras mantecas de los piojos
sobre nuestros cráneos relamidos
que se hagan cortantes las arrugas de las sábanas
como expiación por ser tan raras bestias
por hablar gratis
pero cobrarnos la comida

aunque al final
-desde hace unas horas-
prefiero el rincón soleado por los calores de la intoxicación
y el saludo de cuando en cuando
de algún tumbado por las aceras