ENRIQUE VALLE 
... el poeta
 
  
AZUFRE 
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          Nubes a barras de cielo. Cien muertos, no más. Y yo pasaba por allí como un transeúnte cualquiera.
          Habían levantado la acera igual que se levanta un verano y se peina las canas. Los obreros del gas recorrían no sé qué intransigencia en las tuberías con artefactos ingeniosos, tratando de detectar una fuga de dos o tres demonios. Alrededor, los curiosos de siempre con sus camisas de siempre, y a su lado un sin fin de esposas, o eso creo. Hasta los niños se habían llevado a la inútil oración. Algún obrero se dedicaba a mirarse el ombligo, so pena del desayuno.
          -¡Eh! ¡Trae la cuerda! -gritaban allí.
          -¡No se puede! ¡Está sujetando más de mil doscientas riendas de un solo fusible! - respondían en el otro lado.
          Parecía que la actividad era febril, como suele y no debería decirse (porque la fiebre es más bien sedante), pero después de varias horas estábamos como al principio. El olor a suelto había inundado el barrio y sus componentes artesanos, en una promesa que no auguraba nada bueno. Las autoridades de postín ordenaron la imposible evacuación del vecindario, que no paraba de reírse de tanta tontería, como es frecuente ver en toda inminencia de comunión final. Sólo un tal Alvarado, mendigo para más señas, no sé si iluminado por su estado natural o simplemente intuitivo que siempre fue, tuvo una premonición y, viéndome como amigo, me sacó de allí.
          Oye, ni medio minuto. En lo que es una apuesta chascando los dedos todo saltó por los aires: obreros, niños, artefactos..., el barrio entero, como quien dice.
          Ya está, el gas, pensé yo.
         -Que gas ni gas -dijo Alvarado, pillándome las ideas a su manera-. Ha sido un volcán como la copa de un pino.
          En efecto, al día siguiente todos los periódicos traían la noticia de la erupción de un recién nacido y amamantado volcán en las afueras de Madrid. Unos cien muertos entre vestidos y desnudos. Las cenizas sepultan cierta carretera muy conflictiva. Se desconocen las causas del pillaje que tuvo lugar tras la visita de unos científicos al lugar de la catástrofe.
         Alvarado me guiñó un ojo mientras me ofrecía un tiento a la garrafa.