AZUFRE
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Nubes a barras de cielo. Cien muertos, no más. Y yo pasaba por allí
como un transeúnte cualquiera.
Habían levantado la acera igual que se levanta un verano y se peina
las canas. Los obreros del gas recorrían no sé qué
intransigencia en las tuberías con artefactos ingeniosos, tratando
de detectar una fuga de dos o tres demonios. Alrededor, los curiosos de
siempre con sus camisas de siempre, y a su lado un sin fin de esposas,
o eso creo. Hasta los niños se habían llevado a la inútil
oración. Algún obrero se dedicaba a mirarse el ombligo, so
pena del desayuno.
-¡Eh! ¡Trae la cuerda! -gritaban allí.
-¡No se puede! ¡Está sujetando más de mil doscientas
riendas de un solo fusible! - respondían en el otro lado.
Parecía que la actividad era febril, como suele y no debería
decirse (porque la fiebre es más bien sedante), pero después
de varias horas estábamos como al principio. El olor a suelto había
inundado el barrio y sus componentes artesanos, en una promesa que no auguraba
nada bueno. Las autoridades de postín ordenaron la imposible evacuación
del vecindario, que no paraba de reírse de tanta tontería,
como es frecuente ver en toda inminencia de comunión final. Sólo
un tal Alvarado, mendigo para más señas, no sé si
iluminado por su estado natural o simplemente intuitivo que siempre fue,
tuvo una premonición y, viéndome como amigo, me sacó
de allí.
Oye, ni medio minuto. En lo que es una apuesta chascando los dedos todo
saltó por los aires: obreros, niños, artefactos..., el barrio
entero, como quien dice.
Ya está, el gas, pensé yo.
-Que gas ni gas -dijo Alvarado, pillándome las ideas a su manera-.
Ha sido un volcán como la copa de un pino.
En efecto, al día siguiente todos los periódicos traían
la noticia de la erupción de un recién nacido y amamantado
volcán en las afueras de Madrid. Unos cien muertos entre vestidos
y desnudos. Las cenizas sepultan cierta carretera muy conflictiva. Se desconocen
las causas del pillaje que tuvo lugar tras la visita de unos científicos
al lugar de la catástrofe.
Alvarado me guiñó un ojo mientras me ofrecía un tiento
a la garrafa. |