Desde esta pelliza de toro tan angosta
a veces,
gran bazar de la droga, según
los diarios,
portaviones de sol, vehemencia y gozo,
preñada de inquilinos que bailan
-y qué remedio- con el alegre
subsidio de la palabra,
sólo se puede aceptar una
contienda de juego y paz,
aunque la mancha de petróleo
en el océano
siga ahogando pateras
y sus inagotables fuegos de artificio
iluminen haciendas y solares encalados.
Pero una gota de lluvia en ese océano
bastaría para recordar que somos
una nimia inmensidad indivisa,
una frontera única en el presente
de los pueblos,
y no se debe sucumbir,
pues queda demasiado cerca el zéjel
y la moaxaja,
hace pocos siglos que importamos el
soneto,
y parece que fuimos ayer cuando Breton,
Artaud, Aragon, Soupault, Tzara,
cambiaron a este bajel pirata su rumbo.
También dijeron que no era arma
poderosa;
por si acaso, me tomo cada mañana
la molestia,
de acudir a la fuente donde manan las
palabras,
apartar residuos tóxicos, bolsas
de plástico,
y exprimidas latas de Coca Cola, que
maldigo fríamente,
para poder sobrevivir sin DNI
reglamentario,
y como si de un anuncio de 15 segundos
se tratara
devolver bien condenso un mensaje alto,
claro,
y evónimo de celebración
del verso,
unida ya a esta grey, artificiera de
pasiones,
y sin más escudo que cualquier
semipoema.
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( De En los Andenes de la Era Heisei
)
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