DOCE MÁS UNO 
26 de septiembre de 2006
 
RECITAL OFRECIDO POR ENRIQUE GRACIA Y JUAN CARLOS MESTRE
Expone Pedro de Torres. Recitan Enrique Gracia y Juan Carlos Mestre. Coordinación del acto Santiago Solano.

          Tras unas breves palabras de cierre de los doce días de poesía ininterrumpida en la Sala Trovador, Santiago Solano, y dado que los poetas son lo suficientemente conocidos como para necesitar presentación alguna, dio paso a la palabra poética. 

TEXTOS DE PRESENTACIÓN DE ESTOS POETAS 
QUE SE RECOGEN EN EL LIBRO 12 + 1

JUAN CARLOS MESTRE 

          Juan Carlos Mestre no es hombre de raíces, es pura raíz. No es hombre amable sino la amabilidad personificada. No es hombre generoso sino la misma generosidad en pan-talón vaquero. 
          Desde su atalaya mágica de la Plaza del Ángel de Madrid debe avistar, como un don Cleofás moderno, de la mano de su Diablo Cojuelo, los entresijos de la Babilonia española que es como ver todos los de la Babilonia Universal. 
          Esa impresión crece cuando conoces su estancia de último piso con buhardilla: puro laboratorio de alquimista que este leonés, afincado en la Corte, ha convertido en  almacén de magia donde pinta, graba, esculpe, hace música, escribe... 
           Alquimista le va bien, sí: sobre todo, de la palabra; que aunque esto se aplique a muchos poetas, pocos lo merecen como Mestre. Casi siempre su poesía es sortilegio, salmodia amable y certera, fórmula alquímica, conjuro. 
          Mestre podría ser un referente de eso que se ha dado en llamar “realismo mágico” y que para nada inventaron prosistas hispanoamericanos sino que es patrimonio de los poetas desde hace muchísimo tiempo. 
           Con una tendencia clara hacia el verso tendido, hacia el versículo —poesía en prosa dirá algún incauto mal informado— hacia el poema “a caja” que dirían algunos técnicos, consigue Juan Carlos un auténtico torrente de sensaciones que golpean incesantemente al lector. Y no digamos si es él mismo quien recita sus versos; entonces el torrente es un aluvión imparable que desarma al espectador y le lleva a los mundos fantásticos y personalísimos de este bardo de las tierras altas, este rapsoda de la ciudad de los Francos, de la pequeña Compostela que es Villafranca del Bierzo. 
          En el horno de pan de su padre, donde cocía el pequeño Juan Carlos mínimas figuritas de pan, debió cocerse también ese espíritu renacentista capaz de unificar en sus manos la escultura, la pintura, el grabado, la música o la escritura. 
          Aviso para navegantes: La poesía de este autor hay que dejarla resonar en la boca, despacio, como un bocado exquisito, largo, perfumado, hay que paladear cada imagen como un trago del orujo de su tierra jacobea o priscilianista, como un churro untado en chocolate de su adoptiva Madrid. No puede leerse de corrido —la buena poesía nunca— sino despacio, dejándose arrastrar por su ritmo constante, por la riqueza de ese mundo lleno de sugerencias y sorpresas, por el aliento del compromiso humano que destila cada página. Ya digo, hay que dejar que los versos largos, inmensos, múltiples, resuenen en la boca o en la cabeza.  
          Los tres gatos que uno puede encontrar por su casa — Keats, Rimbaud y Verlaine los ha llamado Mestre— lo hacen así: paladean las palabras de su anfitrión entre lengüetazo y lengüetazo de leche y luego se van por los tejados del viejo Madrid a seguir con ese sabor que no se va tan fácilmente, que uno no desea que se marche.  
          Recomiendo hacer lo mismo, aunque no sea por los tejados. Recomiendo leer a Mestre en los momentos bajos y en los momentos altos, en cualquier tiempo, con cualquier excusa. Si le escuchamos a él en directo, con su acordeón, con su voz de moderno rapsoda, casi de cantautor, muy bien: el espectáculo estará garantizado y el disfrute será enorme; pero leer en la intimidad a este convencido de “la torpeza de la sabiduría humana”... ¡Ay, amigos! Eso no tiene precio.  


Este texto lo firma Enrique Gracia
ENRIQUE GRACIA 

          Han pasado los días del hombre y el verso, ha languidecido el “Canto del último profeta”, las “Crónicas del laberinto” siguen cerradas, los “Restos de almanaque” hace milenios que se los llevó la guerra y yacen en la profundidad del “ Siempre tiempo” que lo devora todo, las “ Historias para tiempos raros” son estrellas solitarias que refulgen en el borde mismo del “Tiempo de Apocalipsis”.  
          Han pasado los días de las computadoras de metal, los días tumultuosos de las computadoras de glóbulos. También pasó aquel primer nefasto intento de fusión entre ambos: hierro y carne. Ningún ojo humano queda para ver “La pintura de Xu Zonghui”. Nadie dirá que “Todo es papel”, ni acudirá jamás a los “Encuentros” en casa de Enrique Gracia, en aquel barrio obrero de “Contrafábula” y luz.  
          Ahora sólo queda esta inverosímil superficie pulimentada arropando toda la tierra, controlando toda la tierra: una belleza oscura y brillante en la noche. Es un ser que vive, que hunde sus raíces arbóreas en lo profundo del planeta; un único y estancado arcón digital que no puede computar la naturaleza humana y que sueña por ende con un siglo “menos oscuro y torpe que este siglo”. 
          Ahora sólo queda este animal de sangre caliente que camina infatigable sobre el brillo de esta soledad: Gato de Ursaria… y su maullido de animal en celo. Este zambullirse en la “máscara de polvo… de alguna estantería” para descubrir un corazón frágil y una ironía amarga paseando de la mano. Aquel “Juego de damas” y aquella “Agenda Mozart” llena de música y de palabras con sentido.  
          Ahora el artista, cuando ya todo lo humano ha terminado para siempre, no es inferior a su obra; nunca lo fue, desde luego, que había que oírle recitar. Ahora es una presencia mental agotada, un sitio ocupado en la empatía universal, un reducto de amor creativo que lo domina todo, un eco de palabras verdaderas que navegan para siempre hacia este futuro, como “barcos de papel”. 
          Hemos llegado a “un tiempo en el que no estaremos para nadie”. Hay una sala sin techo en medio de la sombra, como anunció el poeta; y una VOZ EN OFF que dice: “Hola y adiós, querido viajero. La inmensa oscuridad es demasiado grande, y la noche demasiado profunda. Tú y yo nunca nos conoceremos. Por lo tanto, déjame hacer una pausa y brindar por ti”. 


Este texto lo firma Santiago Solano

 
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ZONA DE VÍDEOS 
 
ENRIQUE GRACIA
Recita 
JUAN CARLOS MESTRE
Recita

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ZONA DE PÚBLICO
 
 
 
 
SECUENCIA DEL ACTO  
Palabras iniciales a cargo de Santiago Solano.  
Recital poético a cargo de Enrique Gracia y Juan Carlos Mestre.  
Vino Español.
 
 NOTA: Pinche en los textos subrayados en verde y verá.