JUAN CARLOS MESTRE
Juan Carlos Mestre no es hombre de raíces, es pura raíz.
No es hombre amable sino la amabilidad personificada. No es hombre generoso
sino la misma generosidad en pan-talón vaquero.
Desde su atalaya mágica de la Plaza del Ángel de Madrid debe
avistar, como un don Cleofás moderno, de la mano de su Diablo Cojuelo,
los entresijos de la Babilonia española que es como ver todos los
de la Babilonia Universal.
Esa impresión crece cuando conoces su estancia de último
piso con buhardilla: puro laboratorio de alquimista que este leonés,
afincado en la Corte, ha convertido en almacén de magia donde
pinta, graba, esculpe, hace música, escribe...
Alquimista le va bien, sí: sobre todo, de la palabra; que aunque
esto se aplique a muchos poetas, pocos lo merecen como Mestre. Casi siempre
su poesía es sortilegio, salmodia amable y certera, fórmula
alquímica, conjuro.
Mestre podría ser un referente de eso que se ha dado en llamar “realismo
mágico” y que para nada inventaron prosistas hispanoamericanos sino
que es patrimonio de los poetas desde hace muchísimo tiempo.
Con una tendencia clara hacia el verso tendido, hacia el versículo
—poesía en prosa dirá algún incauto mal informado—
hacia el poema “a caja” que dirían algunos técnicos, consigue
Juan Carlos un auténtico torrente de sensaciones que golpean incesantemente
al lector. Y no digamos si es él mismo quien recita sus versos;
entonces el torrente es un aluvión imparable que desarma al espectador
y le lleva a los mundos fantásticos y personalísimos de este
bardo de las tierras altas, este rapsoda de la ciudad de los Francos, de
la pequeña Compostela que es Villafranca del Bierzo.
En el horno de pan de su padre, donde cocía el pequeño Juan
Carlos mínimas figuritas de pan, debió cocerse también
ese espíritu renacentista capaz de unificar en sus manos la escultura,
la pintura, el grabado, la música o la escritura.
Aviso para navegantes: La poesía de este autor hay que dejarla resonar
en la boca, despacio, como un bocado exquisito, largo, perfumado, hay que
paladear cada imagen como un trago del orujo de su tierra jacobea o priscilianista,
como un churro untado en chocolate de su adoptiva Madrid. No puede leerse
de corrido —la buena poesía nunca— sino despacio, dejándose
arrastrar por su ritmo constante, por la riqueza de ese mundo lleno de
sugerencias y sorpresas, por el aliento del compromiso humano que destila
cada página. Ya digo, hay que dejar que los versos largos, inmensos,
múltiples, resuenen en la boca o en la cabeza.
Los tres gatos que uno puede encontrar por su casa — Keats, Rimbaud y Verlaine
los ha llamado Mestre— lo hacen así: paladean las palabras de su
anfitrión entre lengüetazo y lengüetazo de leche y luego
se van por los tejados del viejo Madrid a seguir con ese sabor que no se
va tan fácilmente, que uno no desea que se marche.
Recomiendo hacer lo mismo, aunque no sea por los tejados. Recomiendo leer
a Mestre en los momentos bajos y en los momentos altos, en cualquier tiempo,
con cualquier excusa. Si le escuchamos a él en directo, con su acordeón,
con su voz de moderno rapsoda, casi de cantautor, muy bien: el espectáculo
estará garantizado y el disfrute será enorme; pero leer en
la intimidad a este convencido de “la torpeza de la sabiduría humana”...
¡Ay, amigos! Eso no tiene precio.
Este texto
lo firma Enrique Gracia
|
ENRIQUE GRACIA
Han pasado los días del hombre y el verso, ha languidecido el “Canto
del último profeta”, las “Crónicas del laberinto” siguen
cerradas, los “Restos de almanaque” hace milenios que se los llevó
la guerra y yacen en la profundidad del “ Siempre tiempo” que lo devora
todo, las “ Historias para tiempos raros” son estrellas solitarias que
refulgen en el borde mismo del “Tiempo de Apocalipsis”.
Han pasado los días de las computadoras de metal, los días
tumultuosos de las computadoras de glóbulos. También pasó
aquel primer nefasto intento de fusión entre ambos: hierro y carne.
Ningún ojo humano queda para ver “La pintura de Xu Zonghui”. Nadie
dirá que “Todo es papel”, ni acudirá jamás a los “Encuentros”
en casa de Enrique Gracia, en aquel barrio obrero de “Contrafábula”
y luz.
Ahora sólo queda esta inverosímil superficie pulimentada
arropando toda la tierra, controlando toda la tierra: una belleza oscura
y brillante en la noche. Es un ser que vive, que hunde sus raíces
arbóreas en lo profundo del planeta; un único y estancado
arcón digital que no puede computar la naturaleza humana y que sueña
por ende con un siglo “menos oscuro y torpe que este siglo”.
Ahora sólo queda este animal de sangre caliente que camina infatigable
sobre el brillo de esta soledad: Gato de Ursaria… y su maullido de animal
en celo. Este zambullirse en la “máscara de polvo… de alguna estantería”
para descubrir un corazón frágil y una ironía amarga
paseando de la mano. Aquel “Juego de damas” y aquella “Agenda Mozart” llena
de música y de palabras con sentido.
Ahora el artista, cuando ya todo lo humano ha terminado para siempre, no
es inferior a su obra; nunca lo fue, desde luego, que había que
oírle recitar. Ahora es una presencia mental agotada, un sitio ocupado
en la empatía universal, un reducto de amor creativo que lo domina
todo, un eco de palabras verdaderas que navegan para siempre hacia este
futuro, como “barcos de papel”.
Hemos llegado a “un tiempo en el que no estaremos para nadie”. Hay una
sala sin techo en medio de la sombra, como anunció el poeta; y una
VOZ EN OFF que dice: “Hola y adiós, querido viajero. La inmensa
oscuridad es demasiado grande, y la noche demasiado profunda. Tú
y yo nunca nos conoceremos. Por lo tanto, déjame hacer una pausa
y brindar por ti”.
Este texto
lo firma Santiago Solano
|