Ana Marel Portâes es una niña de diez años muy divertida.
Vive en Porlock, un pueblo del sur de Portugal. Tiene sobre la mesa un
compás y un pergamino de espera desgastado por los años.
“Uno tras otro los pensamientos” se transmutan en “una cadena extraña
de locos” aprendices, de “diminutos” duendes que todo lo transmutan. Seduce
a todos con sus poemas de versos sin comas.
Ana es sólo poesía. Dicen los que la conocen que ella hace
el Diseño de la Noche para los enamorados y que está separada
de los hombres por una barrera de realidad y ficción. Dicen que
es ella la que incita a la experiencia de la imaginación, la que
llama a la emoción de las honduras humanas y del conocimiento. Ana
no tiene liras ni acantos.
Desde su ventana se ve la Revolución de San Sebastián en
1912, se escucha a la Reina de los peces llorar por el poeta que no supo
vivir bajo el agua. Y más arriba, en La Casa del Paraíso,
el tesoro de la Isla del Tesoro, aquella paja seca de los hombres que tienen
los ojos cerrados y que tan bien iluminan al cazador de moscas.
Ana Marel tiene un primo hermano mucho más joven: tan sólo
un año pende de su mirar. Vive en Montevideo. El invierno pasado
vino a Madrid, a veranear. En el silencio de la siesta española,
quizás tras un golpe de calor, filósofo él, cantó:
“llego al lugar donde me defiendo de la ausencia”; así, como quien
no quiere la cosa: ”llego a lo que llaman alma”.
Ana no dijo nada; sólo se asustó. Luego tomó su mano…
Y él la llevó a “la barandilla imperturbable de la existencia”.
Se asomaron y vieron el “miedo a perder lo inexistente” que cruzaba lentamente
de norte a sur, pisando unas nubes de vida que extendían sus raíces
en una tierra de sueños. “¿Quién eres?”, preguntó.
Pero él estaba ya escuchando “el extraño silencio de Dios”.
A Diario, Emilio Despertar, que así se llama el muchacho, tararea
una canción de Mar de Plata. En ella la nostalgia crece en “el tiempo
de la tierra” y en el tiempo del corazón, al unísono. Y el
“pequeño espacio detrás de tu cerebro en el que bucea la
noche ciega del futuro” se hace añicos para alcanzar la libertad
al otro lado del tiempo dado.
Visto lo visto, nada tiene de extraño que los primos se inventen
historias, que jueguen continuamente a crear personas. Son suyos esos individuos
románticos que luego nosotros vemos por la calle, suyos los un poco
destartalados que guardan en su interior un extenso bagaje de lecturas
insólitas, suyos esos héroes de las letras colindantes con
la excentricidad que nos descolocan siempre, como Emilio Porta, por ejemplo. |