Lola está detrás del cristal, no delante del espejo, ni sobre
el espejo, sino simplemente detrás del cristal; en este lado del
corazón en el que el gerundio de las cosas no se ha dicho todavía
y el aire permanece henchido de imágenes que se mueven, que se transfiguran,
que nos insertan en los insospechados espacios del alma humana: ¿no
oís el río corriendo ladera abajo?
Lola está sentada en el duro taburete de madera, en la esquina del
cuarto, con un cataviento perpendicular al frío de la baldosa entre
las manos; siempre inmóvil, limpia de dolor, con el pelo mojado
goteándole por la espalda desnuda. La luz oblicua le viste todo
el cuerpo, incluso el recuerdo de su alma desmenuzándose en cada
latido de aquella lluvia que brotaba entre sus piernas.
Lola está. Es el fruto tostado del elegante cafeto que se levanta
en la pradera de los versos. De ahí seguramente los eclipses de
café que amanecen cada mañana a este lado del cristal; de
ahí la atmósfera cargada de golondrinas que entienden los
amores reservados y el aire caliente, los sarpullidos febriles, esas dos
brasas en las que se reflejan tus ojos y sus labios.
Pero Lola deja caer diariamente los ojos de su cara sobre el cristal.
Por eso sabe que tú guardaste su beso en una cajita de plata, y
que en la chimenea permanece la foto antigua: él, ella, la niña…
aquella góndola veneciana. También que los gatos viajan como
una sombra, se comen las plantas, caminan sobre el televisor; y que se
esconden debajo de las camas.
Por eso Lola sabe que hay palabras que no se escuchan, dioses que no protegen,
países que ignoran la vida de mujer. De ahí que la legaña
penda del hilo, que las fétidas calles ensombrecidas por el orín
y las ratas existan, y que ellas deambulen como animales vencidos, sin
sueños.
Pero Lola es firme, ella siempre deja que los ojos de allá nimben
las estrellas.
Lola percibe la tierra dura que alimenta el grito del que muere, pero no
cree que Helena fuera la causa del desastre de Troya, ni que la amenaza
iraquí fuera el principio de la fractura de una paz enquistada.
No existen versos portadores de justicia en los países que sólo
son frontera. Tiene amigos al otro lado del cristal con nombres extraños:
Juan Dolor, Paca Impotencia.
Esta es la Lola Martínez que revelan los versos del libro. Un ser
de viento llegado desde Tobarra, Llanera de Ranes, Vilamarxant. Una mujer
que escribe y lee mucho, incesantemente; alguien que interpreta y presenta
la aparente realidad del mundo desde su certera y apasionada existencia,
como amante de la vida.
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